De Olárizu a Candanchú

En estos momentos, 650 socios forman parte del club de esquí más veterano de la ciudad

Maitena Berrueko (Dato Económico Febrero 2008)

    
Varias fotografías en blanco y negro se ex­tienden sobre la bar­nizada superficie de la mesa de madera. Junto a ellas un so­bre, otrora blanco y que hoy luce un aspecto amarillento, aguarda para volver a cobijar estos retazos de la vida de Ramón Ibarrondo y Pilar Pérez.
Este vitoriano es, a sus 68 años, el socio más veterano de los 650 miem­bros que conforman en la actuali­dad el Club Alpino Alavés, del que además fue presidente entre 1961 1977. Esquiador en activo, afirma con rotundidad que continuará has­ta que el cuerpo aguante: "Aún ten­go buena correa", asegura. Ha es­quiado en medio mundo, aunque re­cuerda con especial cariño las esca­padas a Alaska y Canadá. "Este año nos toca Italia; en concreto, iremos a Sestriere y Val Cárdena", apunta. Ibarrondo clava sus ojos en las an­tiquísimas tablas de esquí que cuel­gan de una de las paredes del club y que calcula que tienen más de 60 años. Mientras recorre con la vista la madera de estos esquís, recuerda cómo él mismo llegó a utilizar unos muy parecidos. "Los primeros que tuve llevaban unas fijaciones como ésas, las llamábamos cangrejeras", cuenta. En aquellas primeras baja­das sobre la nieve que se acumula­ba en Olárizu y en las faldas del Gorbea a Ibarrondo le acompañaban sus amigos de la cuadrilla. "Subía­mos andando, con las tablas de ma­dera al hombro y sin fuelle", bro­mea. Como de la necesidad se hace virtud, no tardaron en crear su propió sistema de arrastre. "Era un apa­rato muy peregrino, compuesto por un pequeño motor, una polea y un sinfín", explica. Los recuerdos le vienen a la cabe­za de forma nítida. Sólo las fechas le hacen dudar en algún momento. En esas ocasiones su mujer. Pilar, apostilla el año exacto y hasta el día: "El 22 de noviembre de 1963, el día en que asesinaron a Kennedy, fue el primero que me acompañó a casa ", rememora. Tras aquella primera ci­ta hubo muchas más y tiempo sufi­ciente para que Pilar dejara aparca­do su gusto por el baile y se aficio­nara a calzarse las botas, "íbamos con chirucas y nos las atábamos con cuerdas a las tablas", añade.
Ambos evocan la historia de su vi­da, ajenos al ruido y las conversa­ciones que les rodean. "Quién nos iba a decir entonces que...", es la fra­se que encabeza la mayoría de los relatos de Pilar. Su marido afirma con la cabeza mientras por unos segun­dos ambos permanecen en silencio. Al mismo tiempo y a tan sólo unos metros de distancia se improvisa una merienda. A pesar de que este tipo de reuniones se producen con cier­ta frecuencia, cualquiera podría pen­sar que hace mucho que no se ven. No hay un solo momento de silen­cio y eso dificulta probar bocado. La encargada de animar a los asisten­tes a degustar las viandas es Charo Viribay. Nadie parece atender al te­levisor que de manera continua emi­te imágenes de esquiadores.


En burro a las pistas


En este contexto. Pilar y Ramón re­troceden hasta aquellos años en los que juntos viajaban hasta Oñate (Guipúzcoa). Allí les alquilaban un burro para portar los trastos duran­te la hora y media de camino que tenían hasta las laderas de Aranzazu. A ese lugar corresponde una de las fotos que ella sujeta en sus ma­nos: "Mira, éste fue mi primer ano­rak. Era rojo - apostilla señalando la foto en blanco y negro con sus gafas y me lo confeccionó Juanjo Urra­ca". Del mismo color, rojo, era el es­malte que compraba Ibarrondo en una droguería de la calle San Pru­dencio para pintar la suela de sus tablas de esquí. "Sólo tenía ésas y debían durarme mucho tiempo", explica mientras aún mira embelesado los nuevos esquís que le regalaron en las pasadas navidades.
Años más tarde cambiaron el bu­rro por una furgoneta, que alquila­ban entre ocho amigos en Miranda de Ebro, y con la que se desplaza­ban hasta Piqueras. "Nos creíamos que aquello era casi como estar en Pirineos", bromean. Y de ahí a Candanchú donde hoy en día tienen un pequeño apartamento.


En autobús a Candanchú


El Alpino, se fundó en 1944 aunque no fue hasta 1965 cuando comenzó a funcionar el servicio de autobús a Candanchú. "Pasamos de la furgo­neta para ocho personas a cuatro au­tobuses que salían, por aquel enton­ces, los domingos", cuenta Ibarron-do. La iniciativa, en cuyo éxito pocos confiaban al principio, fue consoli­dándose al mismo tiempo que se po­pularizaba la práctica del esquí. El éxi­to les pilló a los impulsores de estos viajes sin infraestructura. Tanto es así que, como recuerda Ibarrondo, "la agencia de viajes Aralar nos presta­ba su pequeña oficina de la calle San Prudencio para guardar el material que luego llevábamos a Candanchú". Precisamente en las pistas de esta estación del Pirineo de Huesca es­quió por primera vez el actual presi­dente del club de montaña más ve­terano de la ciudad. Joaquín Sáez fue elegido junto al resto de miem­bros de la junta directiva el pasado mes de noviembre. A sus 26 años lle­va más de media vida con las tablas en los pies. En toda esta trayectoria, ha tenido más de cinco pares de ta­blas y tres de botas. La sensación de "subidón" que le genera este deporte no la ha encontrado en ningún otro y eso que Sáez lleva más de 18 años jugando a balonmano. En la actuali­dad lo hace como miembro del Lea Corazonistas. A Joaquín fue su her­mano mayor, Guillermo Sáez, el que le introdujo en este mundo. "Llevo 22 años esquiando y de ellos 12 en la directiva del club", explica Guillermo. El cargo de tesorero lo compagina con su empresa de cursos de idiomas en el extranjero. Aunque las obliga­ciones laborales le impiden esquiar tanto como él quisiera, reconoce que siempre se guarda "unos días en Semana Santa para ir a los Alpes". El resto del año confiesa haberse afi­cionado a otro deporte que se prac­tica al aire libre, el golf.
La que apenas tiene tiempo para sí misma desde que hace dos años na­ciera su hija, Laura, es la vicepresi­dente, Virginia García. La pequeña le ocupa la mayor parte de las horas en las que no está trabajando. Por ella ha sacrificado el gimnasio, la natación e incluso "durante el embarazo y el parto, lo más sagrado, esquiar". A Vir­ginia fueron sus padres, Antonio García y María Carmen Gómez de Segura, los que le compraron sus pri­meros esquís con tan sólo tres años. Ahora es ella junto a su marido. Jor­ge Castresana, la que disfruta del deporte blanco en familia. "Este año hemos empezado con el trineo para que Laura se acostumbre poco a po­co", señala.
La historia se repite y, al igual que ahora la vicepresidenta inicia a su hija en el mundo del esquí alpino, hace años otros ha­cían lo propio con sus respectivos vastagos. Es el ca­so de José Miguel Sáez de Ojer y Charo Viribay con sus hijos, Susana e Iván. Hoy, 25 años después de que este último cogiera por primera vez los basto­nes, es el secretario de la actual junta del club al que ha pertenecido "toda la vida".
Arquitecto técnico de profesión, Iván se enfrenta a diario con las alturas. "Ando todo el día entre los andamios de la construcción", matiza. Y cuando lle­ga el fin de semana, de nuevo más alturas, aunque en esta ocasión la de las montañas. "Sigo yendo en autobús con el club aunque otros fines de semana nos organizamos mi mujer y yo por nuestra cuenta ", añade.
Sensación de li­bertad, velocidad y la posibilidad de dis­frutar al mismo tiempo que se hace deporte del paisaje son algunas de las virtudes que los so­cios del Alpino des­tacan del deporte blanco. Sin embargo, quienes han pasado muchas horas en la montaña suelen tener sus secuelas: roturas de rodilla y luxaciones de hombro son las más frecuentes. En la mayoría de los casos, es­te tipo de accidentes no van a mayores. Sin embar­go. Jorge Rupérez protagonizó un angustioso ca­pítulo hace siete años cuando padeció una luxación de hombro mientras esquiaba fuera de pistas. "No hice ninguna locura; fue de una forma muy tonta ya que estábamos en un llano", recuerda. En cualquier caso, el difícil acceso al lugar en el que se encontra­ban obligó a movilizar un helicóptero para acudir en su rescate. "Mis seis compañeros y yo tuvimos que es-perardurante casi tres horas allí quietos", señala. Aun­que de aquella situación no se olvidará fácilmente, Rupérez ya había sufrido una lesión en la rodilla y se había dislocado el hombro. "Segu­ramente en el futuro se me termi­nará rompiendo", asume. Pero has­ta que eso ocurra, seguirá esquian­do y viajando en busca de las mejo­res pistas. Hasta el momento, se que­da con Avoriaz, en la Alta Sabo-ya de los Alpes franceses. Esta es­tación forma parte de un comple­jo de 650 kilómetros esquiables lla­mado Portes du Soleil (Las puer­tas del sol). "No está permitido con­ducir en la estación, así que se pue­de salir esquiando de todos los edi­ficios o hacerlo en trineo", cuenta.

 

Esquí en Sierra Nevada


El bronceado rostro de Artu­ro González Olalde es fru­to  de  muchos años ex­puesto a la nieve. De he­cho las últimas 12 tem­poradas (dé diciem­bre a abril) ha pasa­do al menos nueve horas diarias es­quiando.   "Soy profesor en Sierra  Neva­da", aclara. "Las
clases empiezan a las nueve de la mañana pero una hora antes esta­mos en las pistas comprobando el es­tado de la nieve", relata. El resto del año, le mantiene ocupado la em­presa de limpiezas que regenta en Vitoria.

Sierra Nevada es centro de atrac­ción para numerosos rostros cono­cidos que disfrutan del esquí en su tiempo de ocio. Entre los famosos a los que ha impartido clase este vi-toriano está Lara Dibildos, la hija de la que fuera presentadora de te­levisión Laura Valenzuela y el pro­ductor José Luis Dibildos.
Sin  embargo,   este año González Olalde hará   una   parada "obligada". La razón tiene forma de operación de rodilla. "Me la rompí en una caída espectacular por un barranco mientras entrena­ba a un grupo", señala. Sin embar­go, el parón sólo será profesional ya que, según afirma, "hace 37 años que empecé a esquiar y nunca he estado un año entero sin hacerlo". En cualquier caso, el año sabático lo aprovechará para pasar más tiempo con su mujer, Maite Moreno, y su hija de 19 meses, Miranda.

 

Savia nueva en el Alpino


Los miembros de la directiva y al­gunos de los socios más veteranos suelen reunirse con frecuencia. En esta ocasión la cita con DATO era la excusa perfecta. De hecho, la ra­pidez con la que juntaron varias mesas e improvisaron la merien­da delata que no es la primera vez que la sede del club acoge uno de estos encuentros in­formales. Correteando entre tanto adulto aparece la socia más joven, hasta el momento, del Alpi­no. Arrate Ibáñez posa ante la cá­mara con la misma soltura con la que, a sus cuatro años, se calza las botas y los esquís. "Cuando la apun­tamos apenas tenía unañito", apun­ta su madre. Pilar Gómez. La niña se muestra tímida a la hora de ha­blar. No así su hermana mayor, Ga-razi. A sus nueve años esta alumna de la ikastola Olabide compagina su afición por el esquí con las clases de 'dantza' y el coro. A pesar de su corta edad, Garazi ya ha tenido al­gún susto. "Una vez casi me mato en las perchas porque se me quedó enganchado el esquí", recuerda.